lunes, 6 de abril de 2020

SEMANA 7 : EL SABIO FEO



SEMANA 7 :

EL SABIO FEO

INICIO:
Lee atentamente y contesta a las preguntas.

Lecciones del sabio feo

El rabino Joshua no era un hombre guapo1.Claro que eso importaba poco, porque tenía otras muchas cualidades. Ante todo, Joshua era un gran sabio y un excelente profesor. Cuando tenía que darle una lección a alguien, sus palabras se clavaban como flechas en el corazón de quien lo oía.
Un día, la hija del emperador Adriano2 se quedó mirando al rabino Joshua y exclamó:
—¡Qué lástima que tanta sabiduría esté encerrada en un recipiente tan feo!
Cualquier otro habría respondido con una burla o un insulto, pero el rabino Joshua no era así. En lugar de defenderse atacando, le preguntó a la hija del emperador:
—¿Vuestro padre tiene una bodega enorme, ¿verdad? ¿Sabéis en qué tipo de recipientes guarda el vino?
—En tinajas de barro, por supuesto.
—Pero el vulgo3 también guarda el vino en tinajas de barro... Dada vuestra importancia, deberíais almacenar el vino en recipientes hechos de un material más noble, como el oro o la plata.
La muchacha pensó que el rabino tenía razón, así que fue a hablar con su padre y le propuso que guardara los vinos en recipientes de oro y plata. El emperador, que tenía cosas más importantes en qué pensar, le contestó que así lo haría, pues nunca le negaba nada a su hija. Todo el vino de la bodega, pues, fue guardado en vasijas de oro y plata.
Al poco tiempo, el vino se avinagró4. Entonces, el emperador fue en busca de su hija y le preguntó:
—¿Quién te aconsejó guardar el vino en recipientes de oro y plata?
—El rabino Joshua.
Adriano mandó llamar de inmediato el rabino y, en cuanto lo vio aparecer, le dijo: —¿Por qué le aconsejaste a mi hija que guardáramos el vino en recipientes de oro y plata? Según parece, el vino sólo se conserva bien en recipientes de barro…
—Así es –respondió el rabino, que añadió mirando a la hija del emperador—: El buen vino suele guardarse en los recipientes más modestos. Del mismo modo, el cuerpo de un hombre feo puedo albergar a un gran sabio. Ahora ya lo sabéis.
Fue un buen día para la hija del emperador, porque, con una sola frase, aprendió dos buenas lecciones.
Glosario:
1. vulgo: gente del Pueblo, gente de clase baja.
2. avinagrarse: ponerse agrio, echarse a perder.
DESARROLLO:
1.    ¿Quién era el rabino Joshua?





2.    ¿Qué opinión tenía la hija del emperador del rabino?






3.    ¿Qué paso con el vino cuando fue guardado en recipientes de oro?




4.    ¿Qué lección le dio el rabino a la hija del emperador?



Nota: Cada semana tiene una lectura descargar la lectura archivarla en el folder de plan lector con el título semana 1,2,3…etc, resolver las preguntas.
Enviarlas teniendo en cuenta lo siguiente al correo enviado en el blog, nombre, año, sección, semana y la fecha y hora que se solicita, no recibo trabajos fuera de la fecha.
Revisar cada semana la parte final del blog para ver alguna indicación adicional.




AQUI ADJUNTO LAS NUEVAS FECHAS DE PRESENTACION : LEER CON DETENIMIENTO LAS INDICACIONES YA QUE ESTAN CLARAS!!!!!





SEMANA 6 : Ana Frank:



SEMANA 6 :
INICIO: Lee atentamente y contesta a las preguntas.

Ana Frank:





La historia de Ana Frank comienza con una niña cualquiera, alguien con quien podrías haber compartido pupitre en clase. Tenía unos ojos grandes color de avellana y el cabello ensortijado y oscuro. Era una niña popular y llena de vida que estaba siempre rodeada de amigos.
La mayor parte del tiempo, Ana se sentía en el séptimo cielo. Pero a ratos tenía miedo. No le faltaban razones: Adolf Hitler gobernaba Alemania por aquel entonces y había jurado que se desharía de los judíos. Ana Frank era una judía alemana.

Ana nació en Francfort el 12 de junio de 1929. Desde el comienzo se hacía escuchar. ¡No paraba de chillar! Cuando su hermana, la pequeña Margot, se asomaba a la cuna, no podía evitar reír. Su hermanita Ana tenía una mata de pelo color negro y unas orejas que asomaban como las de un duendecillo.

La familia de Ana era afortunada. Tenía dinero y el padre tenía trabajo. Pero para mucha gente en la Alemania de aquellos años, la vida era una lucha implacable.
Se culpó a Alemania de haber iniciado la Primera Guerra Mundial y tuvo que pagar grandes cantidades de dinero en compensación por la destrucción causada. Aquél fue un severo castigo. Diez años después de finalizada la guerra, Alemania estaba sumida en la más absoluta pobreza.
Demasiada gente se encontraba sin trabajo. Muchos no tenían qué comer. Pero todos recordaban lo rica y poderosa que había llegado a ser Alemania, una de  las más grandes naciones del mundo, de tal modo que los alemanes se sentían cada vez más enfadados y desgraciados. Buscaban echarle la culpa a alguien -y fue entonces cuando las cosas comenzaron a cambiar de un modo espantoso para los judíos.

Había un hombre llamado Hitler –un hombrecillo rígido con bigote– que  hablaba todo el tiempo y prometía grandes cosas. A su alrededor se congregaban grandes multitudes. Eran personas sin trabajo, sin esperanza, ¡Cómo extrañarse de que lo aclamaran cuando prometía devolver a Alemania su poderío y riqueza!
Hitler odiaba a los judíos, y no le importaba contar toda clase de mentiras acerca de ellos. ¿Quién tenía la culpa de todos los problemas de Alemania? Hitler tenía la respuesta. Acusó a los judíos de quedarse con los mejores puestos de trabajo y arrebatarles el pan de la boca a los trabajadores. Y esto no era justo, porque los alemanes eran especiales: ¡la mejor raza del mundo!
Así que más y más personas acudían a oírle y a votar por el Partido Nazi, el partido de Hitler. Al comienzo no suponía una amenaza, era sólo una chispa. Pero la chispa se convertiría en llama y la llama en un incendio que acabaría arrasando toda Europa antes de que pudiera ser apagado.
Se podía atemorizar a los judíos de muchas maneras y hacer que se sintieran despreciados, incluso a los niños.
En la escuela, los niños comenzaban a fijarse en quién de entre ellos era judío. Algunos se burlaban de sus compañeros y llegaban a intimidarlos. Era un trago muy amargo para los niños judíos ver cómo chicos y chicas que habían sido sus amigos los zarandeaban e insultaban.
Y pronto tuvieron que sentarse aparte, en un rincón del aula.


Era aún peor en el mundo de los adultos. La gente dejó de dirigir la palabra a sus vecinos judíos. Las vitrinas de las tiendas judías eran destrozadas. Los judíos eran acosados en la calle, incluso les propinaban palizas las bandas de gamberros a los

que Hitler llamaba sus Tropas de Asalto. Si trataban de defenderse, los arrestaban y deportaban.
Al comienzo, los judíos se sintieron desconcertados ante tanto odio. Pronto sintieron miedo. Muchos abandonaron Alemania. En cuanto al señor Frank, preocupado por su familia, encontró trabajo en los Países Bajos y un piso no muy caro para todos ellos en Amsterdam
Ana se quedó en casa de su abuela durante el traslado. Se reunió con su familia el día del octavo cumpleaños de Margot. ¡Qué sorpresa! ¡Ahí estaba la pequeña Ana, encaramada como un duendecillo sobre la pila de regalos de Margot!
El edificio de apartamentos donde vivían los Frank tenía un jardín. Todos los niños del vecindario salían a jugar cuando hacía bueno. Hacían el pino, jugaban al escondite entre los matorrales, patinaban deslizándose por el pavimento. Para avisar a sus amigos, no llamaban a la puerta o tocaban el timbre. Les bastaba con silbar una melodía que todos conocían, Ana no había aprendido a silbar, así que tenía que cantarla.
Una mañana de invierno Ana acompañó a su padre a la oficina, donde le presentaron a la asistente, que se llamaba Miep.
Miep ayudó a Ana a quitarse su abriguito de piel blanco y le dio un vaso de leche. Le enseñó a usar la máquina de escribir. ¡Ana era precisamente el tipo de niña lista que a Miep le hubiese gustado tener!
Miep no podía saber que algún día su vida pendería de un hilo debido a los Frank, pero se encariñó con Ana desde el primer momento.

Ana y Margot iban a distintos colegios. Por fortuna, ya que Ana era traviesa en la escuela. ¡Nada que ver con su hacendosa hermana! A Ana nada le gustaba tanto como contar chistes y hacer muecas hasta que toda la clase, incluso los maestros, se echaba a reír.
A las amigas de las dos hermanas les encantaba ir de visita a su casa, ya que la señora Frank preparaba los más deliciosos dulces. ¡Y cuando el señor Frank se sumaba a ellas se convertía en la estrella de la fiesta! Siempre se le ocurría alguna historia divertida que contarles, o les enseñaba un juego que acababa de inventar. Todos niños lo querían.
Pero nadie podía olvidar la campaña de odio desatada por Hitler. Muchos judíos alemanes huían a Amsterdam, y el señor y la señora Frank escuchaban angustiados las horrorosas historias que contaban. Historias de intimidaciones feroces, de campos donde sin ninguna razón se encerraba a la gente y se le obligaba a trabajar para los alemanes.

Y llegó el momento en que el poderoso ejército alemán comenzó a avanzan Gran Bretaña y Francia le declararon la guerra, pero las tropas germanas lo barrían todo a su paso. Pronto vieron los holandeses, indefensos, cómo los soldados alemanes desfilaban por las calles de Amsterdam.
De nuevo los judíos eran brutalmente atropellados, y los ciudadanos holandeses no tardaron en comprender que era peligroso salir en su defensa.
Se ordenó a todos los judíos mayores de seis años que llevaran puesta una gran estrella amarilla con la palabra Jood impresa. Hasta a los más pequeños se les podía prohibir la entrada a lugares públicos, como parques y cines y piscinas.
A Ana le encantaba ir al cine, pero ahora ya no la dejaban entrar. Tenía que conformarse con su colección de carteles de artistas famosos, sus fotografías y postales.
¡Y nadie se tomaría la molestia de quitárselas!
Era demasiado tarde para huir hacia otro país. Y las cosas sólo podían empeorar.

El señor Frank trabajaba en un gran edificio a orillas del canal. Algunas de las habitaciones traseras de la parte alta estaban vacías. Poco a poco, cautelosamente y a escondidas, trasladó muebles y provisiones a este anexo del edificio, e hizo que instalaran un retrete y un lavabo. Si los alemanes los hubieran descubierto, a él y a  sus valientes amigos holandeses, el castigo habría sido terrible.
Pero todo salió bien. Ahora estaba preparado si estallaba una crisis. Y no tardo en estallar.
Margot había cumplido dieciséis años. Un día del verano de 1942 llegó una carta, donde le ordenaban que abandonara su hogar y se presentara al servicio del trabajo obligatorio. Esto quería decir trabajar para los alemanes. Probablemente su familia no volvería a verla nunca más.
Tenían que desaparecer, y rápido. A Ana y Margot les dijeron que recogieran sus tesoros más preciados. Con el corazón en la boca, Ana lleno un maletín con sus objetos más queridos: libros escolares, cartas, un cepillo y unos bigudís, pero sobre todo, el diario que le habían regalado en su último cumpleaños. Lo aplastó todo con manos torpes y temblorosas.
Al día siguiente, temprano por la mañana, se embutió en varias camisas y pantalones, dos pares de medias, un vestido, una falda, una chaqueta, un impermeable, un par de zapatos fuertes, un gorro y una bufanda. Sólo así podía llevarse su ropa –cualquier judío que cargara con una maleta levantaría sospechas.
Dejaron el piso con las camas en desorden y el fregadero lleno de platos sin lavar, y un pedazo de papel con una dirección falsa garabateada, para despistar a los vecinos. Ana se despidió de Moortje, su gatito querido. Lloraba amargamente. ¿quién podría asegurarle que volverían a verse de nuevo?

Miep los estaba esperando en la oficina del señor Frank. Rápidamente y sin hacer ruido, la siguieron por
un largo pasillo y subieron por una escalera de madera que daba a una puerta gris. Por ella se llegaba al refugio secreto.
Ana miraba sorprendida a su alrededor. ¡Su padre había hecho todo esto, lo había preparado todo, sin decir nada a nadie! ¡Pero cuánto desorden! Cajas y cartones, cosas apiladas y amontonadas... La señora Frank y Margot sólo alcanzaron a desplomarse en las camas ante este panorama, agotadas de tanto miedo y nervosismo. Así que Ana y su padre se pusieron manos a la obra para ordenarlo todo.
Desde esa mañana, día tras día, semana tras semana, tuvieron que permanecer ocultos. Durante las horas en que había actividad en el edificio, tenían  que guardar silencio en el refugio como si fueron ratoncitos; no podían ni siquiera abrir un grifo o vaciar el retrete. Estaban en constante peligro de ser descubiertos y denunciados a la policía. ¡Cuánto anhelaban las visitas de Miep cuando los empleados se habían marchado! Siempre estaba de buen humor y les traía noticias de lo que sucedía, junto con periódicos y libros para pasar el rato, y cosas que les traía de la compra.
Tener que permanecer callada durante todo el día… ¡Aquello era casi insoportable para una niña como Ana!
El reloj de una iglesia cercana la reconfortaba. Daba los cuartos, y ello le recordaba que aún existía un mundo ahí afuera donde los niños iban al colegio y jugaban juntos y no les aterraba que los vieron u oyeron.
Pronto se mudó a vivir con ellos otra pareja con su hijo, Peter. Ahora había siete personas escondidas en el exiguo refugio, y pronto llegaría una octava. ¡Cómo extrañarse de que se sintieron irritados y molestos todo el tiempo!
Ana era la más joven, y la que más sufría. Era inteligente e imaginativa, nerviosa y sensible, y de todos modos habría tenido una adolescencia difícil. Ahora tenía la sensación de que siempre se le echaba la culpa cuando algo salía mal mientras que nadie criticaba a Margot. Quería a su padre más que nadie, pero incluso él a veces la reñía, y eso no podía soportarlo. Muchas noches lloraba en su cama.
Necesitaba desesperadamente a alguien con quien hablar, alguien que pudiera comprenderla. No podía ser Margot, tampoco Peter, que era perezoso y mimado, además, no le había gustado nada al principio. Se volcó en su diario, el diario de sus cartas dirigidas a la «Querida Kitty», una niña que
había conocido hacía tiempo. Ahora anotaba hasta sus más íntimos pensamientos porque Kitty no podría leerlos, de manera que no podía inventar historias. Aquel librito era su secreto más preciado.
Describía la vida en el refugio, las riñas y los dramas. Escribía acerca de su amor por la naturaleza, que para ella se limitaba al pedazo de cielo y la copa del castaño que veía a través de la ventana del ático. Escribía sobre el terror, sobre el terror y el pánico.
Sus sentimientos hacia Peter cambiaron a medida que se hacía mayor. Comenzó a comprenderlo. Se querían cada vez más, y ella empezó a escribir sobre el amor y la esperanza.
Cuando el librito estuvo lleno, Miep le trajo más papel.
Por las noches bajaban todos a la antigua oficina del señor Frank a escuchar la radio. Ana se acercaba a veces a la ventana y escrutaba a través de las cortinas. Qué raro se le hacía estar mirando a la gente en la calle, como si ella fuera invisible, como si estuviera envuelta en un manto mágico sacado de un cuento de hadas. Todos parecían tan apurados, tan ansiosos, y sus ropas estaban tan gastadas. La misma Ana iba vestida como un espantapájaros, y no había nada que hacer.
Alemania estaba perdiendo la guerra. Al llegar la noche, oleadas de bombarderos pasaban sobre sus cabezas en su ruta hacia las ciudades alemanas que iban a destruir. Su terrible bramido hacía vibrar el cielo nocturno. Si una bomba cayera en el refugio, todos los que estaban dentro morirían.
Pero por ese entonces Ana ya estaba enamorada de Peter, o casi. Sentada a su lado en el ático, sintiendo su brazo protector sobre sus hombros, se sentía feliz. Hablaban de lo que pensaban hacer cuando acabara la guerra; a veces, se quedaban así, sentados, sin pronunciar palabra, mientras pasaba otro día y la luz del cielo lentamente declinaba. Era un amor tan dulce y frágil como las flores del castaño que veían por la ventana.




1.    ¿Quién era Ana Frank?








2.    ¿Dónde se desarrolla la historia?










3.    ¿Por qué la familia de Ana Frank tubo que ocultarse?











4.    ¿Cómo se describe a Ana en la lectura?








5.    ¿Cómo se describe Adolfo Hitler en la lectura?





6.    Identificar las características de los personajes de la historia.












7.    ¿Dónde murió Ana?






8.    ¿Qué valores puedes destacar en la historia? Justifícalos








9.    ¿Crees que los alemanes tenían respeto por la vida humana?



SEMANA 5 : Fray Bartolomé Arrazola




SEMANA 5
Fray Bartolomé Arrazola 


INICIO: Lee atentamente y contesta a las preguntas.



Cuando Fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponía a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo. Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas. Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida. -Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas, lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén. Dos horas después el corazón de Fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.
(El eclipse - Augusto Monterroso)



DESARROLLO:
ACTIVIDAD:

1.    ¿En qué país desarrollaba su labor evangelizadora Fray Bartolomé Arrazola?




2.    ¿A qué época de la historia de América se remonta?





3.    ¿Qué dijo a los indígenas Fray Bartolomé Arrazola para que no lo sacrificaran?






4.    ¿Qué conocimiento poseían los Mayas?





5.    ¿Crees que otros religiosos en diferentes partes del mundo también perdieron su vida por realizar su labor evangelizadora? ¿Que los hacia exponerse de esa manera?




SEMANA 10: SAN FRANCISCO DE ASIS

SEMANA 10:   SAN FRANCISCO DE ASIS. INICIO: Por: Tere Vallés | Fuente: Catholic.net ...