SEMANA 6 :
INICIO: Lee atentamente y
contesta a las preguntas.
Ana Frank:
La historia de Ana
Frank comienza con una niña cualquiera, alguien con quien podrías haber
compartido pupitre en clase. Tenía unos ojos grandes color de avellana y el
cabello ensortijado y oscuro. Era una niña popular y llena de vida que estaba
siempre rodeada de amigos.
La mayor parte del
tiempo, Ana se sentía en el séptimo cielo. Pero a ratos tenía miedo. No le
faltaban razones: Adolf Hitler gobernaba Alemania por aquel entonces y había
jurado que se desharía de los judíos. Ana Frank era una judía alemana.
Ana nació en
Francfort el 12 de junio de 1929. Desde el comienzo se hacía escuchar. ¡No
paraba de chillar! Cuando su hermana, la pequeña Margot, se asomaba a la cuna,
no podía evitar reír. Su hermanita Ana tenía una mata de pelo color negro y
unas orejas que asomaban como las de un duendecillo.
La familia de Ana
era afortunada. Tenía dinero y el padre tenía trabajo. Pero para mucha gente en
la Alemania de aquellos años, la vida era una lucha implacable.
Se culpó a
Alemania de haber iniciado la Primera Guerra Mundial y tuvo que pagar grandes
cantidades de dinero en compensación por la destrucción causada. Aquél fue un
severo castigo. Diez años después de finalizada la guerra, Alemania estaba
sumida en la más absoluta pobreza.
Demasiada gente se
encontraba sin trabajo. Muchos no tenían qué comer. Pero todos recordaban lo
rica y poderosa que había llegado a ser Alemania, una de las más grandes naciones del mundo, de tal
modo que los alemanes se sentían cada vez más enfadados y desgraciados.
Buscaban echarle la culpa a alguien -y fue entonces cuando las cosas comenzaron
a cambiar de un modo espantoso para los judíos.
Había un hombre
llamado Hitler –un hombrecillo rígido con bigote– que hablaba todo el tiempo y prometía grandes
cosas. A su alrededor se congregaban grandes multitudes. Eran personas sin
trabajo, sin esperanza, ¡Cómo extrañarse de que lo aclamaran cuando prometía
devolver a Alemania su poderío y riqueza!
Hitler odiaba a
los judíos, y no le importaba contar toda clase de mentiras acerca de ellos.
¿Quién tenía la culpa de todos los problemas de Alemania? Hitler tenía la
respuesta. Acusó a los judíos de quedarse con los mejores puestos de trabajo y
arrebatarles el pan de la boca a los trabajadores. Y esto no era justo, porque
los alemanes eran especiales: ¡la mejor
raza del mundo!
Así que más y más
personas acudían a oírle y a votar por el Partido Nazi, el partido de Hitler.
Al comienzo no suponía una amenaza, era sólo una chispa. Pero la chispa se
convertiría en llama y la llama en un incendio que acabaría arrasando toda
Europa antes de que pudiera ser apagado.
Se podía
atemorizar a los judíos de muchas maneras y hacer que se sintieran
despreciados, incluso a los niños.
En la escuela, los
niños comenzaban a fijarse en quién de entre ellos era judío. Algunos se
burlaban de sus compañeros y llegaban a intimidarlos. Era un trago muy amargo
para los niños judíos ver cómo chicos y chicas que habían sido sus amigos los
zarandeaban e insultaban.
Y
pronto tuvieron que sentarse aparte, en un rincón del aula.
Era aún peor en el
mundo de los adultos. La gente dejó de dirigir la palabra a sus vecinos judíos.
Las vitrinas de las tiendas judías eran destrozadas. Los judíos eran acosados
en la calle, incluso les propinaban palizas las bandas de gamberros a los
que Hitler llamaba sus Tropas de
Asalto. Si trataban de defenderse, los arrestaban y deportaban.
Al comienzo, los
judíos se sintieron desconcertados ante tanto odio. Pronto sintieron miedo.
Muchos abandonaron Alemania. En cuanto al señor Frank, preocupado por su
familia, encontró trabajo en los Países Bajos y un piso no muy caro para todos
ellos en Amsterdam
Ana se quedó en
casa de su abuela durante el traslado. Se reunió con su familia el día del
octavo cumpleaños de Margot. ¡Qué sorpresa! ¡Ahí estaba la pequeña Ana,
encaramada como un duendecillo sobre la pila de regalos de Margot!
El edificio de
apartamentos donde vivían los Frank tenía un jardín. Todos los niños del
vecindario salían a jugar cuando hacía bueno. Hacían el pino, jugaban al
escondite entre los matorrales, patinaban deslizándose por el pavimento. Para
avisar a sus amigos, no llamaban a la puerta o tocaban el timbre. Les bastaba
con silbar una melodía que todos conocían, Ana no había aprendido a silbar, así
que tenía que cantarla.
Una mañana de
invierno Ana acompañó a su padre a la oficina, donde le presentaron a la
asistente, que se llamaba Miep.
Miep ayudó a Ana a
quitarse su abriguito de piel blanco y le dio un vaso de leche. Le enseñó a
usar la máquina de escribir. ¡Ana era precisamente el tipo de niña lista que a
Miep le hubiese gustado tener!
Miep no podía
saber que algún día su vida pendería de un hilo debido a los Frank, pero se
encariñó con Ana desde el primer momento.
Ana y Margot iban
a distintos colegios. Por fortuna, ya que Ana era traviesa en la escuela. ¡Nada
que ver con su hacendosa hermana! A Ana nada le gustaba tanto como contar
chistes y hacer muecas hasta que toda la clase, incluso los maestros, se echaba
a reír.
A las amigas de
las dos hermanas les encantaba ir de visita a su casa, ya que la señora Frank
preparaba los más deliciosos dulces. ¡Y cuando
el señor Frank se sumaba a ellas se convertía en la estrella de la fiesta!
Siempre se le ocurría alguna historia divertida que contarles, o les enseñaba
un juego que acababa de inventar. Todos niños lo querían.
Pero nadie podía
olvidar la campaña de odio desatada por Hitler. Muchos judíos alemanes huían a
Amsterdam, y el señor y la señora Frank escuchaban angustiados las horrorosas
historias que contaban. Historias de intimidaciones feroces, de campos donde
sin ninguna razón se encerraba a la gente y se le obligaba a trabajar para los
alemanes.
Y llegó el momento en que el poderoso
ejército alemán comenzó a avanzan Gran Bretaña y Francia le declararon la
guerra, pero las tropas germanas lo barrían todo a su paso. Pronto vieron los
holandeses, indefensos, cómo los soldados alemanes desfilaban por las calles de Amsterdam.
De nuevo los judíos eran brutalmente
atropellados, y los ciudadanos holandeses no tardaron en comprender que era
peligroso salir en su defensa.
Se ordenó a todos los judíos mayores
de seis años que llevaran puesta una gran estrella amarilla con la palabra Jood impresa. Hasta a los más pequeños
se les podía prohibir la entrada a lugares públicos, como parques y cines y piscinas.
A Ana le encantaba ir al
cine, pero ahora ya no la dejaban entrar. Tenía que conformarse con su
colección de carteles de artistas famosos, sus fotografías y postales.
¡Y nadie se tomaría la molestia de quitárselas!
Era demasiado tarde para huir hacia otro
país. Y las cosas sólo podían empeorar.
El señor Frank
trabajaba en un gran edificio a orillas del canal. Algunas de las habitaciones
traseras de la parte alta estaban vacías. Poco a poco, cautelosamente y a
escondidas, trasladó muebles y provisiones a este anexo del edificio, e hizo
que instalaran un retrete y un lavabo. Si los alemanes los hubieran
descubierto, a él y a sus valientes
amigos holandeses, el castigo habría sido terrible.
Pero todo salió
bien. Ahora estaba preparado si estallaba una crisis. Y no tardo en estallar.
Margot había
cumplido dieciséis años. Un día del verano de 1942 llegó una carta, donde le
ordenaban que abandonara su hogar y se presentara al servicio del trabajo
obligatorio. Esto quería decir trabajar para los alemanes. Probablemente su
familia no volvería a verla nunca más.
Tenían que
desaparecer, y rápido. A Ana y Margot les dijeron que recogieran sus tesoros
más preciados. Con el corazón en la boca, Ana lleno un maletín con sus objetos
más queridos: libros escolares, cartas, un cepillo y unos bigudís, pero sobre
todo, el diario que le habían regalado en su último cumpleaños. Lo aplastó todo
con manos torpes y temblorosas.
Al día siguiente,
temprano por la mañana, se embutió en varias camisas y pantalones, dos pares de
medias, un vestido, una falda, una chaqueta, un impermeable, un par de zapatos
fuertes, un gorro y una bufanda. Sólo así podía llevarse su ropa –cualquier
judío que cargara con una maleta levantaría sospechas.
Dejaron el piso con las camas en desorden
y el fregadero lleno de platos sin lavar, y un pedazo de papel con una
dirección falsa garabateada, para despistar a los vecinos. Ana se despidió de
Moortje, su gatito querido. Lloraba amargamente. ¿quién podría asegurarle que
volverían a verse de nuevo?
Miep los estaba
esperando en la oficina del señor Frank. Rápidamente y sin hacer ruido, la
siguieron por
un largo pasillo y subieron por una
escalera de madera que daba a una puerta gris. Por ella se llegaba al refugio secreto.
Ana miraba
sorprendida a su alrededor. ¡Su padre
había hecho todo esto, lo había preparado todo, sin decir nada a nadie! ¡Pero
cuánto desorden! Cajas y cartones, cosas apiladas y amontonadas... La señora
Frank y Margot sólo alcanzaron a desplomarse en las camas ante este panorama,
agotadas de tanto miedo y nervosismo. Así que Ana y su padre se pusieron manos
a la obra para ordenarlo todo.
Desde esa mañana,
día tras día, semana tras semana, tuvieron que permanecer ocultos. Durante las
horas en que había actividad en el edificio, tenían que guardar silencio en el refugio como si
fueron ratoncitos; no podían ni siquiera abrir un grifo o vaciar el retrete.
Estaban en constante peligro de ser descubiertos y denunciados a la policía.
¡Cuánto anhelaban las visitas de Miep cuando los empleados se habían marchado!
Siempre estaba de buen humor y les traía noticias de lo que sucedía, junto con
periódicos y libros para pasar el rato, y cosas que les traía de la compra.
Tener que
permanecer callada durante todo el día… ¡Aquello era casi insoportable para una
niña como Ana!
El reloj de una
iglesia cercana la reconfortaba. Daba los cuartos, y ello le recordaba que aún
existía un mundo ahí afuera donde los niños iban al colegio y jugaban juntos y
no les aterraba que los vieron u oyeron.
Pronto se mudó a
vivir con ellos otra pareja con su hijo, Peter. Ahora había siete personas
escondidas en el exiguo refugio, y pronto llegaría una octava. ¡Cómo extrañarse
de que se sintieron irritados y molestos todo el tiempo!
Ana era la más joven, y la
que más sufría. Era inteligente e imaginativa, nerviosa y sensible, y de todos
modos habría tenido una adolescencia difícil. Ahora tenía la sensación de que siempre
se le echaba la culpa
cuando algo salía mal mientras que nadie criticaba a Margot.
Quería a su padre más que nadie, pero incluso él a veces la reñía, y eso no
podía soportarlo. Muchas noches lloraba en su cama.
Necesitaba
desesperadamente a alguien con quien hablar, alguien que pudiera comprenderla.
No podía ser Margot, tampoco Peter, que era perezoso y mimado, además, no le
había gustado nada al principio. Se volcó en su diario, el diario de sus cartas
dirigidas a la «Querida Kitty», una niña que
había conocido hacía
tiempo. Ahora anotaba hasta sus más íntimos pensamientos porque Kitty no podría
leerlos, de manera que no podía inventar historias. Aquel librito era su
secreto más preciado.
Describía
la vida en el refugio, las riñas y los dramas. Escribía acerca de su amor por
la naturaleza, que para ella se limitaba al pedazo de cielo y la copa del
castaño que veía a través de la ventana del ático. Escribía sobre el terror,
sobre el terror y el pánico.
Sus sentimientos
hacia Peter cambiaron a medida que se hacía mayor. Comenzó a comprenderlo. Se
querían cada vez más, y ella empezó a escribir sobre el amor y la esperanza.
Cuando el librito estuvo lleno, Miep le trajo más
papel.
Por las noches
bajaban todos a la antigua oficina del señor Frank a escuchar la radio. Ana se
acercaba a veces a la ventana y escrutaba a través de las cortinas. Qué raro se
le hacía estar mirando a la gente en la calle, como si ella fuera invisible,
como si estuviera envuelta en un manto mágico sacado de un cuento de hadas.
Todos parecían tan apurados, tan ansiosos, y sus ropas estaban tan gastadas. La
misma Ana iba vestida como un espantapájaros, y no había nada que hacer.
Alemania estaba
perdiendo la guerra. Al llegar la noche, oleadas de bombarderos pasaban sobre
sus cabezas en su ruta hacia las ciudades alemanas que iban a destruir. Su
terrible bramido hacía vibrar el cielo nocturno. Si una bomba cayera en el
refugio, todos los que estaban dentro morirían.
Pero por ese
entonces Ana ya estaba enamorada de Peter, o casi. Sentada a su lado en el
ático, sintiendo su brazo protector sobre sus hombros, se sentía feliz.
Hablaban de lo que pensaban hacer cuando acabara la guerra; a veces, se
quedaban así, sentados, sin pronunciar palabra, mientras pasaba otro día y la
luz del cielo lentamente declinaba. Era un amor tan dulce y frágil como las
flores del castaño que veían por la ventana.
1.
¿Quién
era Ana Frank?
2.
¿Dónde
se desarrolla la historia?
3.
¿Por
qué la familia de Ana Frank tubo que ocultarse?
4.
¿Cómo
se describe a Ana en la lectura?
5.
¿Cómo
se describe Adolfo Hitler en la lectura?
6. Identificar
las características de los personajes de la historia.
7. ¿Dónde
murió Ana?
8. ¿Qué
valores puedes destacar en la historia? Justifícalos
9. ¿Crees
que los alemanes tenían respeto por la vida humana?